Para pensar sin pensar



"Aquellos que atraviesan el umbral del cielo,

no son seres carentes de pasiones

o que se han sometido a las pasiones,

sino quienes las han cultivado

y las han comprendido."


William Blake



22 de julio de 2015

De la cabeza al corazón


¿Por qué todo el tiempo siento como que algo me falta? Con mi familia estoy bien, mi esposo bien, mis hijos bien, de dinero bien, salgo y voy a fiestas pero aunque me divierto, siento un hueco que no me deja y así es todo el tiempo, ¿por qué será?

Tu pregunta es muy basta y puede tener muchísimas respuestas. Te daré unas pocas, tú las sientes y ves si alguna resuena en tu alma.

¿Te gustaría ser famosa, que la gente hablara de ti y te admirara? Si así fuera, ¿con cuál tipo de famosos te identificarías? Lady Gaga, Maddonna, la madre Teresa, el Papa Francisco, algún científico, un político, el Chapo… O quizás menos famosa, pero sí reconocida, que tus familiares y amigos te dijeran “qué bien lo haces”, “qué buena suerte que tú seas tú”. O todavía más íntimo, que te miraras en el espejo y pudieras decir a tu imagen: “Te quiero para siempre, hagas lo que hagas y pase lo que pase”. ¿Podría esto llenar tu hueco?

Otra posibilidad: Tú sabes que los humanos somos seres inacabados y en movimiento; logramos éxito en un proyecto y estamos disponibles para el siguiente. ¿Tienes un proyecto nuevo o alguno en marcha, que exija todas tus capacidades y adquirir otras nuevas? ¿Crees que algo así de exigente podría proporcionarte una sensación de plenitud, de decirte a ti misma “doy todo de mí y sigo creciendo”?

A ver esta teoría: dicho hueco da testimonio de tus ansias de infinito, las cuales no se ven colmadas hasta que vuelves tu mirada a Dios y lo tomas en tu vida como lo trascendental y básico, aquello “en Quien somos, nos movemos y existimos”. ¿Cómo es tu vida espiritual?, ¿estás en búsqueda de conocer la voluntad divina y cumplirla? ¿Crees que entregándote  más a Dios se colmaría tu hueco?

Ahora interpretemos literalmente el hueco como una información precisa de tu interior que dice: “algo falta”, algo que te toca tomar y no has tomado. ¿Cómo qué? Por ejemplo, tu destino: tus padres, tu historia, la historia de tu familia, un excluido o determinadas circunstancias que te niegas a asimilar. Generalmente negamos o rechazamos cosas difíciles; una culpa, un padre o una madre crueles o inaccesibles, un hijo con discapacidad, pobreza extrema, pérdidas de seres queridos, de una fortuna, de la salud, de algo muy deseado, o cualquier evento que sentimos superior a nuestras fuerzas. 

El destino lo da la vida y está ahí, sin que dependa de nuestra aceptación o rechazo; rebelarnos contra él sólo nos ocasiona desperdicio de energía y la información de que no estamos plenos o completos. Debe ser tomado con el corazón; quiero decir que no basta con pensar “ahora me hago el ánimo”, sino que se necesita amarlo. No es fácil, tampoco imposible. Ya alguien dijo que el camino más largo es el que va de la cabeza al corazón.

Fuente: http://www.am.com.mx/opinion/leon/siento-un-vacio-16678.html


21 de julio de 2015

La neurociencia aplicada al proceso de mediación


La Neurociencia, es la ciencia que se dedica al estudio del sistema nervioso, permitiendo avances en la comprensión del pensamiento, las emociones y el comportamiento.
El lenguaje en general y la formulación de preguntas en particular, son herramientas fundamentales para un mediador. Las preguntas son importantes en función de las respuestas que evocan.
Los hallazgos ofrecidos por la neurociencia, nos aportan información valiosa sobre cómo nuestros pensamientos, sentimientos y comportamientos están implicados de forma directa en el ciclo de desarrollo y resolución de un conflicto. 

Tres formaciones o cerebros independientes
Podemos afirmar que tenemos tres o cerebros independientes (Teoría de Mac Lean), el racional o neocortex, el emocional o límbico y el reptiliano. Los tres cerebros están interconectados a nivel neuronal y bioquímico y trabajan juntos en la toma de decisiones.
De hecho, es el cerebro emocional el  que nos permite tomar decisiones inteligentes con rapidez, ya que busca en su base de datos de experiencias anteriores. Si tuviéramos que confiar únicamente en nuestro cerebro racional (neocórtex), tardaríamos una eternidad para tomar decisiones simples, como qué marca de gel de ducha comprar.

Bloqueo emocional
Las emociones están presentes siempre y son cruciales para la toma de decisiones, pero también pueden provocar efectos no deseados. Una situación de enfrentamiento puede desencadenar emociones negativas que pueden inhibir nuestra capacidad para hacer frente a los conflictos de una manera constructiva.
Cuando estamos enfrascados en un conflicto, se producen cambios en nuestro cableado neuronal y a veces no somos capaces de comportarnos de manera racional. Lo que sucede es que la amígdala, núcleo cerebral encargado de hacer que la toma de decisiones se produzca con las aportaciones de los diferentes centros cerebrales, se bloquea de modo que se interrumpe la comunicación entre las diferentes partes de nuestro cerebro, sobre todo el emocional y el racional. Cuando estamos en este estado, la información entra al cerebro emocional, pero se interrumpe el acceso al cerebro racional, y es lo que se conoce como secuestro emocional.

El poder de la empatía
Trabajos recientes en neurociencia han demostrado que las emociones son contagiosas, es decir que pueden moverse entre nosotros sin que seamos conscientes de ello.  Esto es posible gracias a las neuronas espejo en el cerebro, que reaccionan de manera favorable a la expresión neuronal de las emociones de los demás. Estas neuronas “disparan” en nosotros lo que otros parecen estar experimentando.
El descubrimiento de las neuronas espejo, inició una revolución en nuestra comprensión del modo en el que al interactuar con los demás, usamos el lenguaje no verbal (gestos, expresiones, posturas corporales, el tono de voz…) para comunicar nuestras intenciones y nuestros sentimientos.  Son estas neuronas las que explican la imitación y la empatía.

Las partes llegan a un proceso de mediación con su propia visión de la realidad.
Tenemos una tendencia natural a creer que la forma en que nosotros vemos el mundo es la mejor, pero el problema es que la otra parte también piensa lo mismo.
Si somos capaces de ver más allá de nuestra visión del mundo y tener en cuanta algunas de las informaciones que llegan desde la otra parte, si podemos dejar de lado algunos de nuestros esquemas previos y valorar esquemas alternativos, entonces  podremos entrar en la fase de resolución del conflicto, que va a suponer una nueva forma de ver la realidad para los dos partes.
Cuando llegamos a este estado, podemos decir que hemos cambiado y hemos ampliado nuestra realidad. Vamos a tener una nueva comprensión del mundo y un nuevo conjunto de redes neuronales dotadas de significado que van a propiciar la solución del conflicto.
Entender cómo funciona nuestro cerebro es uno de los grandes retos de la humanidad y sin duda un área apasionante cuyos estudios pueden ser aplicados a los procesos de mediación y negociación, ayudando a los  mediadores en su trabajo como intermediarios y conciliadores de conflictos.

Fuente: http://www.ibercampus.es/la-neurociencia-aplicada-al-proceso-de-mediacion-30802_24.htm
 

19 de julio de 2015

Autocensura emocional


Resulta curioso ver que, a pesar de que vociferamos las bondades de la libertad, tenemos la costumbre de censurarnos unos a otros, y también a nosotros mismos. Por ejemplo, hemos convertido en un tabú la expresión de las emociones “negativas”, lo primero que le decimos a alguien que está triste es: no estés triste. Lo matamos. Le negamos de base la salida, le negamos la expresión de lo que sea que esa persona esté sintiendo (y que claramente necesita dejar salir).

Le pusimos un velo de negatividad a emociones como el odio, el rencor, la tristeza, el miedo, cuando en el fondo son expresiones del espíritu humano, emociones tan válidas y libres de ser expresadas como sus “contrapartes”

¿Por qué te vas a negar la expresión de lo que sea que quieres expresar?

Básicamente nos autocensuramos porque nunca nadie nos enseñó que expresar ciertos estados es saludable. Tenemos una reacción violenta, y lo primero que recibimos es el juicio. Estamos tristes y todo el mundo nos aconseja dejar de estarlo. La emoción negativa debe ser transitada, de lo contrario nunca podrá ser trascendida.

Por otra parte tenemos el otro extremo, cuando nos quedamos masticando esas emociones (convirtiéndolo quizás en una sobreexpresión que más que buscar transcender el dolor, se regocija en él) porque, volvemos a lo mismo, nunca nadie nos enseñó cómo “gestionar” esa expresión emocional. Carecemos de la educación emocional para hacerlo (pero éste es otro tema).

Volviendo al primer punto, repito la pregunta, ¿Por qué me voy a negar la expresión de un estado que sé que estoy transitando? ¿Por qué voy a criticar o negarle al otro que exprese sus emociones “negativas”? El tema es complejo y tiene muchas aristas, pero lo que quiero expresar es que la autocensura emocional es antinatural. Somos seres amorosos y emocionales (antes incluso que racionales), y es natural que todo aquello que debe ser dicho, sea dicho.

Por Nicolás Tamayo

14 de julio de 2015

Marina


"La brisa en la espuma.
La espuma en la ola.
La ola en el mar.
El mar en la mar."

Denkô Mesa
14 de julio de 2015



13 de julio de 2015

El sendero de la eliminación


Antes de descubrir qué somos realmente, debemos empezar por descubrir lo que no somos. Si no, nuestras suposiciones seguirán contaminando toda la investigación. A esto podríamos llamarlo el sendero de la eliminación. En la tradición cristiana lo llaman la Vía Negativa, el sendero negativo. La tradición hindú del Vedanta lo llama Neti-neti, que significa "esto no, eso no". Todos ellos son senderos de eliminación, formas de descubrir lo que somos a través de lo que no somos.

Empezamos por observar nuestras ideas acerca de lo que somos. Todos tenemos muchísimas ideas de las que ni siquiera somos conscientes, así que empezamos por observar las cosas más sencillas sobre nosotros. Por ejemplo, observamos nuestra mente y nos damos cuenta de que en ella hay pensamientos. Claramente, existe algo o alguien que se da cuenta de los pensamientos. Aunque no sepas qué es, sabes que está ahí. Los pensamientos vienen y van, pero el testigo de los pensamientos permanece.

Si los pensamientos vienen y van, entonces tú no eres los pensamientos. El hecho de darse cuenta de que tú no eres los pensamientos tiene mucha importancia, pues la mayoría de la gente presume que ellos son lo que piensan. La gente se identifica con lo que piensa. Sin embargo, basta un simple vistazo a tu propia experiencia para demostrarte que tú eres el testigo de tus pensamientos. Tú no eres lo que piensas que eres. Hay algo más primordial que observa los pensamientos.

También existen las sensaciones. Todos tenemos sensaciones emocionales: felicidad, tristeza, ansiedad, alegría, paz. Tenemos sensaciones en el cuerpo, ya sean de energía (una contracción por aquí, una apertura por allá) o el simple picor en el dedo de un pie. Existen diversas sensaciones y también existe un testigo de esas sensaciones. Existe algo que es el testigo y que toma nota de todas tus sensaciones. Así que tienes sensaciones y tienes conciencia de esas sensaciones. Las sensaciones vienen y van, pero la conciencia de las sensaciones permanece. Y aunque no tengamos que negar ninguna de las sensaciones que experimentamos, debemos saber que nuestra identidad más verdadera y profunda no es una sensación. No puede serlo, pues hay algo más primario, anterior a la aparición de las sensaciones: la conciencia de esas sensaciones.

Esto mismo se lo podemos aplicar a las creencias. Tenemos muchas creencias y tenemos la conciencia de esas creencias. Las creencias podrán ser espirituales, creencias sobre tu vecino, sobre tus padres, sobre ti mismo (éstas suelen ser las más dañinas), y sobre una gran variedad de cosas. Las creencias son pensamientos que asumimos como verdad. Todos podemos ver que nuestras creencias han ido cambiando según hemos ido creciendo, según hemos ido avanzando por la vida. Las creencias vienen y van, pero la conciencia de las creencias es anterior a las creencias; es más primaria. Entonces podemos ver fácilmente que nosotros no podemos ser nuestras creencias. Las creencias son algo de lo que somos testigos, algo que vemos, algo que percibimos. Pero las creencias no nos dicen quién es el observador; no nos dicen quién es el que las percibe. El observador o el que las percibe, el testigo, es anterior a las creencias.

Esto mismo podemos aplicarlo a nuestro ego-personalidad. Todo el mundo tiene un ego y una personalidad. Normalmente creemos que somos nuestro ego, que somos nuestra personalidad. Y, sin embargo, al igual que con los pensamientos, con las sensaciones y con las creencias, vemos que también existe un testigo de esa personalidad. Existe un ego-personalidad llamado "tú" y también existe una observación del ego-personalidad, una conciencia del ego-personalidad. La conciencia del ego-personalidad es anterior a la personalidad; la percibe, sin juzgarla ni condenarla.

En este punto empezamos a entrar en contacto con algo más íntimo. La mayoría de la gente se identifica con su ego y con su personalidad. Pero el simple hecho de querer observar tu experiencia te hace ver que existe una personalidad y un testigo de la personalidad. Por consiguiente, tu personalidad no puede ser tu naturaleza esencial más profunda. Hay algo más primario que observa tu ego-personalidad: la conciencia.

Así llegamos a nuestra conciencia. Nos damos cuenta de que existe una conciencia. Todo el mundo tiene conciencia. Si estás leyendo estas palabras ahora mismo, la conciencia es lo que las está asimilando. Eres consciente de lo que piensas. Eres consciente de lo que sientes. Así que la conciencia está claramente presente. No es algo que tengas que desarrollar. La conciencia no es algo que tengas que fabricar. La conciencia simplemente es. Es lo que nos permite saber y experimentar lo que sucede.

Fuente: Adyashanti. Meditación Auténtica (Gaia Ediciones, 2006)