Es
imposible sustraerse a la muerte. Pese a su presencia, la sociedad vive la
muerte como tabú no resuelto. Tenemos miedo. Lo que hemos aprendido no nos está
sirviendo para avanzar en este tema. No la pensamos con naturalidad.
Experimentamos dificultades para incluirla en la educación de nuestros niños.
No obstante, algunos pedagogos pensamos que su valor formativo la debería
convertir en un imperativo educativo.
La
muerte es un proceso continuo. Es un hecho biológico que al vivir morimos un
poco cada día. Mientras, nuestra conciencia se puede hacer más y más compleja.
A través de la paulatina conciencia de la muerte se aprende a reconocer la
vida. Que ese reconocimiento pueda ser educativo depende de la propia formación
y de la capacidad de anhelo y curiosidad de cada quién. Muerte y vida forman un
ciclo evolutivo, de modo que no definen claramente un antes y un después.
Junto
a ella hay un par de aprendizajes que tampoco se enseñan: la duda y el autoconocimiento.
No se enseñan porque en su lugar se comunican certezas, quietudes y doctrinas
cuyos programas mentales colectivos 'nos piensan'. Por ello se deja de dudar y
se deja de aprender. Y por ello el autoconocimiento se muta en ilusión, en
convicción o en imaginación mal entendida. Un efecto de ello es que las
personas tapen sus huecos de inquietud con predeterminaciones y mueran sin
tener ni idea de su identidad profunda, de la naturaleza de su ser esencial.
Nada
hay más alejado de la Pedagogía que el adoctrinamiento. Sobre lo que nos ocupa,
las doctrinas no son soluciones para enseñarle a un niño a comprender ni a
afrontar la muerte ajena o propia. Las doctrinas y sus instituciones son más
productos del ego que de la conciencia humana. Pueden ser adecuadas durante un
tiempo, para determinadas personas o en fases determinadas del desarrollo
personal. A la larga, condicionan el desarrollo de la propia espiritualidad.
Generan dependencia, se nutren de ella, y la dependencia es opuesta a la
evolución de la conciencia humana, personal y colectiva. Si las religiones
fuesen coherentes, deberían existir para dejar de ser necesarias a la persona.
Sin embargo, generan vacíos que sólo ellas aseguran poder volver a llenar. Su
orientación es al quietismo y la rentabilidad de su sistema, y por ello no
pueden integrar la noción de muerte como trascendencia basada en un fenómeno
natural independiente de su doctrina.
Desde
una perspectiva institucional, el primer impulso hacia el niño de la sociedad
adulta es adoctrinar. Desde un referente personal, lo primero que pensamos es
en explicar al niño lo que pensamos o no pensamos de la muerte, aunque no
sepamos nada. Así, padres y profesores responden a ninguna pregunta. Un adulto
dotado de una razón educada (con conciencia y sensibilidad pedagógica) no se
plantearía 'explicar' a los niños lo que desconoce de la muerte. Seguramente,
preferiría escuchar, observar y aprender de ellos. Porque sobre la muerte hay
mucho que aprender del discurso de los niños, sobre todo de tres años y medio a
seis, antes de la inserción cultural o doctrinaria.
Y
es que los niños saben de la muerte. Empiezan a conceptuarla desde los dos años
y medio o tres, ante las hojas de otoño, los animales que no están
(extinguidos), una hormiguita muerta, las escenas de cuentos y películas, etc.
Para el niño de 3 a 6 años, la muerte es un tema más en construcción presente
en su vida, sus rutinas y sus hitos: está en su juego simbólico, las retahílas,
las canciones, las películas, los cuentos, etc. Por eso, habla, juega, canta,
pregunta, dialoga, dibuja, imagina, incorpora y mata a la muerte cuando quiere,
porque aún es no irreversible. En su mundo infantil, la toma de conciencia de
la muerte-vida es un proceso natural y gradual. Es una faceta de la vida con la
que se orienta a su futuro.
Sin
embargo, pareciera como si el sistema educativo no se apercibiese de ello. En
consecuencia no retoma ese impulso cognoscitivo, no pretende seguirle desde
atrás y facilitar el descubrimiento paulatino de la vida desde su razón. ¿Por
qué? Es el adulto quien tiene el problema, no el niño. Muy pronto, le aparta de
ella, le enseña a conceptuarla de un modo peculiar, la coloca bajo una lupa, la
desnaturaliza. Lo mismo hace con otros tabúes, que dependiendo de la cultura
(social, familiar, etc.) podrían ser sexuales, religiosos, nacionalistas,
clasistas, sexistas, racistas, etc.-.
Además,
el egocentrismo de la sociedad adulto condicionará la percepción del niño. Por
ejemplo, para el niño, como para el adulto, existen grados de muerte: no es
igual que muera un personaje de TV, una planta, una mascota, un vecino o un
abuelito. Pero más allá del fenómeno natural, el adulto enseñará al niño a
sentir desde su 'egocentrismo', de modo que no será igual la muerte de un
afgano que de un estadounidense o de un local. Tenemos la sensibilidad
deformada y la sensibilidad es la antesala del conocimiento que a la postre
somos. La muerte lo indica, pero a la vez puede ser un medio para trabajar el
valor de la diversidad real y empática a la que apuntó el mismo Che Guevara.
Poco
a poco se le enseñará a no comprenderla y a temerla, mientras se va
desconectando de sí mismo y deposita su centro de gravedad existencial en la
periferia. La posibilidad de crecimiento con la muerte se puede ir cerrando más
y más, impidiéndolo durante años, décadas o toda la vida. Incluso en la
adolescencia, cuando la muerte propia se coloca en el punto más alejado de la
órbita de su conciencia -porque tiene dificultades para pensar a medio o largo
plazo-, es un tema que interesa profunda, radicalmente. Por todo ello es básico
que el tabú sea sustituido por conocimiento desde la primera infancia.
¿Cuáles
son las principales dificultades con las que nos encontramos para el desarrollo
y la aceptación de una Pedagogía de la Muerte? Son varias y están
interrelacionadas:
−
Una razón científica de fondo es que se confunde Pedagogía (ciencia que
investiga la educación) con otras disciplinas cercanas cuyo objeto de estudio
es otro: Filosofía, Psicología, etc. En España, para su desgracia, la Pedagogía
no goza del mismo reconocimiento que en países en los que la educación goza de
un mayor desarrollo.
−
Otra razón social es que no se ha reflexionado ni investigado suficientemente
sobre Pedagogía de la Muerte, salvo excepciones. Ni siquiera ha sido objeto de
normalización por los movimientos de renovación pedagógica de los años 80.
−
Como consecuencia, no es un ámbito integrado expresamente en el currículo de
ninguna etapa educativa.
−
Salvo excepciones, no forma parte de los proyectos educativos de los centros
educativos de Educación Infantil, Primaria o Secundaria.
−
Tampoco se prepara a los tutores para desarrollar una educación para la muerte
normalizada, o para responder a situaciones de eventualidad trágica desde la
tutoría como ámbito propio. Cuando una muerte golpea –muere un conserje, un
abuelito, un papá, una maestra o un niño- los profesionales simplemente no
saben qué hacer, actúan sin fundamento, por intuición.
−
Finalmente, quizá la mayor dificultad radique en nosotros: sucumbimos a la
tentación de 'adoctrinar' a los niños desde muy temprano, con la excusa de
ofrecerles lo que creemos lo mejor para ellos. Y esto ocurre casi siempre por
tres razones interdependientes: egocentrismo adulto que no reconocemos, una
importante falta de formación pedagógica aplicada al tema que nos ocupa o
indiferencia.
La
mejor forma de proceder con un niño ante una pérdida es conforme a la
Naturaleza. O sea, sin violentar, sin acelerar, sin precipitar, sin
suplantarle, sin evitar que dude y aprenda, sin darle todo hecho, sin mentir,
sin amplificar su dolor, etc. Si sólo cometer errores, nuestra actuación podría
ser formativa. Dicho en positivo: respetándole en profundidad, escuchándole,
estando disponible, formándose para atenderle con más conciencia y total atención.
Así además se le enseña a pensar mientras se le educa, con consignas como:
"Estoy para lo que me necesites", o "Unos piensan X. Otros están
convencidos de Y. Pero lo que importa es lo que pienses tú, lo que tú vayas
generando".
Para
proceder pedagógicamente es importante darse cuenta de que en educación el
camino más corto no es la línea recta, sino la curvatura. Para el caso que nos
ocupa, ese meandro pasa por nosotros mismos, en tanto que educadores (padres,
docentes, medios de comunicación). Para orientar nuestra educación hacia otra
forma más profunda y fértil de proceder es imprescindible dejar de pensar en el
niño en primer plano y percibirnos como educandos. Porque nada relevante para
la evolución de la conciencia puede enseñarse si antes no se ha trabajado e
interiorizado en nosotros mismos. Dicho de otro modo: para cuestiones
esenciales como una Pedagogía de la Muerte no podemos hacer by pass con
nosotros. Porque si no nos formamos en profundidad no podremos lograr que la
enseñanza fluya desde nuestro ejemplo, o sea desde el ser que somos, y no sólo
desde el saber o el sentir que tenemos.
Mientras
tanto, la escuela debería ocuparse de lo que más importa al ser humano, y no
sólo de lo que parece práctico o va a ser evaluado en informes tipo Pisa. Ni
siquiera se debería educar para la vida, sino para transformarla radical y
profundamente, porque estamos dejando de lado las raíces, creyendo que como no
se ven no existen. Para ello es imprescindible incluir la muerte –y otros
varios temas 'radicales'- y relacionarla con la formación. Quizá así se esté
contribuyendo a dar a luz una verdadera sociedad del conocimiento o de la
educación, menos superficial e inmadura que la actual. Para ello el apoyo de
una Pedagogía redefinida podría ser útil.
Agustin de la
Herrán
Fuente: http://www.espaciohumano.com/index.php/contenidos/ser/espiritual/194-la-pedagogia-de-la-muerte-en-una-educacion-futura