Para pensar sin pensar



"Aquellos que atraviesan el umbral del cielo,

no son seres carentes de pasiones

o que se han sometido a las pasiones,

sino quienes las han cultivado

y las han comprendido."


William Blake



20 de mayo de 2015

¿Quién es el jefe?


¿Quién te hace sufrir? 
¿Quién te lastima? 
¿Quién te quita la tranquilidad? 
¿Quién controla tu vida?

Aquí la lista de sospechosos o culpables: padres, pareja, jefe, suegra o todo aquel que no te ha dado lo que mereces, te ha tratado mal o simplemente se ha ido de tu vida, dejándote un profundo dolor que hasta el día de hoy no logras entender.

Pero, ¿sabes? No necesitas buscar nombres. La respuesta es más sencilla de lo que parece. Y es que nadie te daña o te quita la paz. Nadie tiene esa capacidad, a menos que tú se lo permitas, le abras la puerta y le entregues el control de tu vida.

El hombre no sufre por lo que le pasa, sino por lo que interpreta que le pasa. No sufre por la acción de otra persona, sino por lo que siente o piensa que la otra persona hizo, por consecuencia directa de habérselo permitido.

Y lo más curioso e injusto del asunto es que la gran mayoría de las personas que te “lastimaron”, continúan sus vidas como si nada hubiera pasado; algunas inclusive ni llegan a enterarse de todo el teatro que estás viviendo en tu mente.

Si te pasas la vida cediéndole el poder a alguien, terminarás dependiendo de sus elecciones, convertido en marioneta de sus pensamientos y acciones.

Frases como: “Mi amor, me haces tan feliz”, “Sin ti me muero”, “No puedo pasar la vida sin ti”, son completamente irreales y falsas. Ninguna persona tiene la capacidad de entrar en tu mente, modificar tus procesos bioquímicos y hacerte feliz o hacer que tu corazón deje de latir.

Definitivamente nadie puede decidir por uno mismo. Nadie puede obligarte a sentir o a hacer algo que no quieres. No debes estar donde no te necesiten ni donde no requieran tu compañía. La próxima vez que sientas o pienses que alguien te lastima, recuerda que no es él o ella, eres tú quien se lo permite y está en tus manos volver a recuperar ese control.

Por Fabian Motta


19 de mayo de 2015

El ritmo del semáforo


A veces cuando miro las estrellas, me acuerdo de aquella película “2001 un odisea del espacio” (Stanley Kubrick), y de cómo todos esos cuerpos celestes y naves futuristas giraban sobre sí mismas, envueltas en una danza marcada por el ritmo de un Vals. 

Ambas piezas, la melodía y la película,  sintonizaban  formando una armonía perfecta, profetizando desde distintas épocas, una realidad que podemos  tocar casi aquí y ahora. Algo que siempre me llamó especialmente la atención del film es cómo los dos artistas, tanto Strauss como Kubrick, tomaron como modelopara construir su discurso, no sé si de manera intuitiva o inconsciente,  el comportamiento cíclico de muchos de los fenómenos que nos rodean. Nuestra existencia se apoya continuamente en estructuras cíclicas que marcan nuestro ritmo vital: días, semanas, meses,  estaciones, años, ritmos astrales, ritmos biológicos, ritmos naturales. ¿De qué forma participamos en ellas? ¿Cómo condicionan nuestro ritmo vital? ¿Cada uno poseemos un ritmo vital?. El ser humano se esfuerza por estudiar cómo estos ritmos heredados nos influyen y marcan nuestras vidas.

Como humanos desde antes de nacer necesitamos mucha ayuda para satisfacer nuestras necesidades, pero una vez resuelto este pequeño inconveniente, -Hola Mamá-, nuestro cuerpo parece arreglárselas solo para mantenerse en equilibrio, intuitivamente sabe contactar con los estímulos exteriores y con las sensaciones interiores, un cuerpo sano parece no tener demasiados problemas para conseguir esa Homeostasis. A medida que vamos adquiriendo experiencias esa capacidad de relacionarnos con nosotros mismos y con el entorno empieza tomar cada vez más peculiaridades. Las investigaciones apuntan a que además de una tendencia innata de origen genético, son los estímulos exteriores y sobre todo las relaciones con nuestros semejantes las que empiezan a dar un aspecto singular a nuestra estructura emocional (Bowly). Es lógico suponer que es la atención a la evolución de esa singularidad a la que debe estar atento el cuidador del niño, con el fin de formar parte positiva de ese desarrollo equilibrado y del ritmo adecuado que necesita el organismo para crecer de manera sana. ¿Qué ocurre cuando renunciamos a atender esa singularidad, o cuando como receptores hacemos caso omiso al ritmo peculiar de ese organismo que crece?

Hubo un momento en que el hombre en su carrera por  manipular su entorno para cubrir sus necesidades, empezó a relacionarse con las máquinas, en teoría según la propia filosofía del paradigma tecnológico, para tener una vida mejor, ¿pero a qué precio?. 

En el siglo XIX, en la nación de Prusia, fascinados por el paradigma industrial, idearon desarrollar un sistema  educativo, con la misma filosofía que se implantaba en las plantas de fabricación de cualquier otro producto. Generar ciudadanos con molde muy determinados (manipulables), el mayor número de ellos y lo más rápido posible. Lo mejor de todo es que este sistema se exportó al resto del mundo. ¿Qué pasó entonces con aquella“singularidad”? 

Hoy en día en el mundo occidental, las máquinas nos rodean y forman parte de nuestro día a día, dependemos en gran parte de ellas para satisfacer necesidades tan básicas como: alimentarnos, calentarnos cuando hace frio o incluso para tener relaciones sociales. Compartimos con ellas gran parte de nuestro tiempo y de nuestra cotidianeidad, han entrado en nuestras vidas.  Pero esa relación, como cualquier relación no parece ser unidireccional. ¿Qué es lo que hemos tenido que ceder como humanos para seguir con esta relación idílica?. Recordemos los valores de la máquina: más cantidad, más deprisa, mejor, más perfecto, esfuérzate y lo conseguirás, más cómodo, mas complaciente. Los desarrollos tecnológicos más importantes se dan en periodos de guerra, ¿nos hemos quedado a vivir en la guerra? ¿Nos hemos convertido inconscientemente en ciudadanos soldado?. 

Lo que parece evidente es que es el individuo el que tiene que hacer un esfuerzo por adaptarse a este ritmo homogéneo y vertiginoso, renunciando a su singularidad. Todos cruzamos a la vez el semáforo, todos pararemos a la vez en el próximo que esté en rojo. 

La atención es hacia el exterior, el contacto es con modelos impuestos, se reflejan en el individuo en forma de ideas, introyecciones, emociones vendidas, y cuerpos que no nos pertenecen. ¿Qué pasó con aquella capacidad del neonato para regularse a sí mismo? ¿Qué pasó con la naturaleza heredada? ¿Qué paso con el derecho a nuestra singularidad? ¿Dónde quedó nuestro ritmo?

Por Luis Almarza

12 de mayo de 2015

Sobre el agotar a las personas


Una persona se agota cuando la consideramos un recurso o un espejo. Se agota cuando nos aferramos, cuando compramos su libertad a cambio de amor. Se agota cuando se cansa de cargar con nuestras expectativas, cuando se harta de simular para caber en su rol, cuando ya no puede ser espontánea con nosotros porque está tratando de acomodarse.

Agotamos cuando nuestro amor, o nuestro odio es intenso pero mezquino, cuando ese amor o ese odio quiere “todas las perdices”, no se contenta con la única perdiz, la necesaria y la suficiente. Pasa que abusamos de la gente, eso es agotarlos. 

Agotamos a una persona cuando la tenemos prisionera de un afecto, cuando especulamos, cuando usamos la lógica del comerciante, cuando llevamos una libreta donde apuntamos todas sus faltas y luego vamos, como infames recaudadores, a cobrárselas.

Agotamos si celamos, pero también si descuidamos al otro. Agotamos a una persona querida cuando nuestro querer está repleto de exigencias, cuando hemos hecho contratos, cuando estamos llenos de promesas incumplidas y cuando la volvemos a atar a una nueva promesa. Agotamos cuando lo que amamos en el otro es el amor que nos tiene.

Una persona se agota si nosotros, como parte de su historia personal, le infringimos cautiverio, la arrinconamos a su pasado, no la dejamos ser por nuestros prejuicios, creemos saber todo de ella y la damos por sentada, despreciamos sus intentos de cambio.

Un guerrero si ama, no agota a su amado. Porque trata siempre de tener ojos nuevos para la relación, porque hace que fluya creativamente, porque hace ofrendas y no exige, ni corrige, ni tolera, ni simula, ni amenaza. Un guerrero cuando ama se da, pero no da lo que no puede, lo que es ilegítimo dar en una relación de poder: su libertad.

Por Diego Galo Ulloa

9 de mayo de 2015

Enseñar a ser feliz


¿De que me sirve tener una meta, si no sé quien soy? Cuando descubro quien soy, las metas y objetivos fluyen solos. Eso es lo que pasa con la educación que recibimos, incluso la de élite, la que se dice la mejor: se basa en que los estudiantes se pongan las metas de otros, metas que son hijas de lo que han absorbido, y no aquellas metas que surgen de lo que realmente son.

Somos sometidos a por lo menos doce años de escolaridad en la mayoría de los países, tiempo suficiente para que el influjo de los maestros y el ambiente escolar deje una huella en la vida de todos nosotros. Si esto es así ¿por qué entonces seguimos sin progresar?

Una posible respuesta es que la educación estandarizada está obsoleta. Se nos llena de conocimientos (inútiles muchos de ellos) y se nos priva de la verdadera meta de una “buena” educación: ser felices. La educación debería tener como objetivo guiar a las personas para que sean felices. Una forma de hacer esto es centrar el trabajo en un descubrimiento del ser. Lo que se hace actualmente es todo lo contrario.

Una persona que ha sido educada para reconocer su propio valor como ser humano, es decir, que ha recibido lo que podemos llamar “una educación para el ser”, siempre producirá un impacto positivo en la sociedad. Un ser humano integral no puede no ser un ente de cambio, al contrario, está en su esencia serlo Este tipo de estudiante elegirá conscientemente el camino que más lo acerque a trabajar en pro de los demás, y eso probablemente pase por adquirir las herramientas que ofrece la educación universitaria.

Aquí yace la principal diferencia con el sistema actual: la educación estandarizada “motiva” a los estudiantes a estudiar y perfeccionarse técnicamente pero no hay propósitos elevados que sustenten esa elección. La razón que se da para seguir esa vía es la de asegurarse la propia existencia, favoreciendo la competencia y otras actitudes que terminan por perpetuar el escenario social donde la desigualdad prima.

Sólo un docente que tenga un profundo conocimiento de sí mismo, podrá inspirar a los estudiantes para lograr este mismo conocimiento sobre ellos. Son los educadores los responsables de dar impulso a estas transformaciones.

El desafío es derribar las viejas estructuras y darle paso a una alternativa educativa más integral. El verdadero cambio, la verdadera transformación social, empieza en el interior de cada individuo.

Por Nicolás Tamayo

6 de mayo de 2015

El test de la golosina


Después de medio siglo de investigación, el profesor de Psicología Walter Mischel, de 85 años, le ha dado un giro a Descartes. Si el filósofo y matemático francés formuló el principio “pienso, luego existo”, Mischel lo ha reescrito: “pienso, luego puedo cambiar mi existencia”.

A mediados de los años sesenta, cuando ejercía en la universidad californiana de Stanford, él y su equipo iniciaron el denominado test de la golosina. En un colegio de preescolar asociado a esa institución, pusieron a los niños en una encrucijada. Uno a uno, los dejaban solos, sin saber que les vigilaban, con un plato con una galleta, otro con dos y una campana en medio. Querían ver su capacidad de autocontrol.

Podían comerse la galleta de inmediato, pero si esperaban, la recompensa sería zamparse las dos del otro recipiente.

Pasaron los años y, en el seguimiento, certificaron que los que más resistieron de niños, de adultos soportaban mejor las frustraciones y el estrés. La editorial Debate ha publicado ahora su libro del 2014, en el que relata ese largo trabajo bajo el mismo título: El test de la golosina.

Mischel reside en Nueva York, cerca de la Universidad de Columbia, donde sigue impartiendo docencia, en un luminoso apartamento con visión panorámica del río Hudson. Luce muy lozano, entusiasmado con su labor.

La lectura de su obra hace pensar en las cosas cotidianas.

El libro ofrece serios trazos para desarrollar las habilidades necesarias que permitan disponer de opciones y no ser víctimas de las golosinas o de las galletas, del alcohol, del tabaco, o de lo que sea. Que dispongamos de la libertad de elegir y decidir.

Invita a la introspección.

Ese es exactamente el punto del libro. Que las personas piensen sobre ellas mismas, como cambiar quiénes son y qué han de hacer si quieren tener un mejor control de la dirección de su vida.

Su fórmula consiste en activar el sistema cognitivo frío (el cerebro) y enfriar el sistema emocional caliente (el impulso). Parece muy fácil, pero...

Lo primero es identificar el problema, el punto caliente. Y se ha de hacer un plan. El autocontrol es una batería de habilidades. Si las desarrollas, serás capaz de utilizarlas cuando quieras.

Por ejemplo, dejar de fumar, como usted hizo.

Pues sí. Lo que no me gusta es ser una víctima. No me gusta que nadie sea víctima. Me gusta tener el control al máximo.

Cada día es un experimento.

Al menos una vez al día. A diario debemos hacer elecciones. No me preocupas tú, sino lo niños que se hallan en condiciones difíciles, con gente que no mantiene sus promesas bajo según que circunstancias.

¿Qué le parece esta cultura tan extendida de decir siempre a los niños “buen trabajo”, aunque sea un verdadero desastre?

Los niños no aprenden a diferenciar entre lo que está bien y lo que está mal. El niño no tiene oportunidad de aprender que si hace algo bien tiene un premio. Aprender sobre las consecuencias, la relación entre lo que hago y lo que consigo, es fundamental en lo que es la educación. Que vean que todo no está bien ayuda a los niños a ver como pueden mejorar. Han de sentir que si hacen un esfuerzo serán mejores. Se debe poner el acento en el esfuerzo y observar lo que desarrollan antes de darles la golosina.

No afrontan la frustración.

No, y es muy importante que cuando tienen cinco o seis años aprendan a encarar la frustración. Lo que intento en este libro es mostrar los caminos por los que transitar para que sea más fácil manejarse en las situaciones difíciles. Los niños pueden aprender a hacer frente a la frustración.

Hay padres que creen que ese autocontrol va contra la creatividad de sus hijos... Tonterías. Cada persona creativa, cada pintor, escritor o estrella del R&R, sabe que para ser creativo ha de tener disciplina, practicar, concentrarse. La creatividad significa control. La creatividad viene exactamente de la misma parte del ­cerebro que utilizas para el autocontrol.

Sostiene que este autocontrol se educa, se adquiere.

El autocontrol es algo que se puede enseñar. ¡Es más fácil que la aritmética! Las escuelas deben cambiar su currículum e introducir esta materia. En el colegio se enseña educación sexual, ¿por qué no educar en el autocontrol? No es una broma. Si los niños, cuando los motivas, no son capaces de esperar para llevarse dos golosinas, entonces es que no están listos para aprender, carecen de capacidad para estar concentrados. Esto afecta a todo el ciclo y los preparas para fallar.

¿Qué ha cambiado en este medio siglo de trabajo?

Dos cosas. El número de tentaciones se ha incrementado. Pero también tengo la impresión, y hay evidencias, de que los niños desa­rrollan más habilidades de autocontrol gracias a los juegos del ordenador. Les hace usar la parte fría del cerebro.