Para pensar sin pensar



"Aquellos que atraviesan el umbral del cielo,

no son seres carentes de pasiones

o que se han sometido a las pasiones,

sino quienes las han cultivado

y las han comprendido."


William Blake



26 de abril de 2015

El bosque de la mente




Nuestro cerebro es el bosque de neuronas que guarda los secretos de la vida mental. Los pensamientos, emociones y sensaciones que experimentamos, e incluso la propia noción de quienes somos, hunden sus raíces en alguna parte de su suelo. En un bosque así es fácil perderse, quedar atrapado, o incluso tener algún que otro desencuentro con las variadas criaturas que lo pueblan. A veces, las emociones negativas cuelgan de las ramas de sus árboles como si fueran serpientes en la selva, y algunos pensamientos pueden ser tan perturbadores como una lechuza en plena noche.

Pero nuestra mente también es un bosque majestuoso, lleno de caminos seguros y tranquilos por los que pasea la razón, de manantiales que inspiran nuestra creatividad, o de tranquilos claros en los que encontrar un momento de calma y paz. El problema es que, como advierte el dicho popular, a veces los árboles no nos dejan ver el bosque. Y es que, en última instancia, este bosque está dentro de nosotros, pero también nosotros estamos dentro de él.

La psicología ha sido consciente de esta doble perspectiva desde los tiempos de Williams James. En parte somos el sujeto que conoce y vive en el aquí y ahora; y en parte, cuando reflexionamos sobre nuestra propia experiencia, somos el objeto conocido, un contenido más de la conciencia. James decía que "sea lo que sea en lo que pueda estar pensando, siempre soy al mismo tiempo más o menos consciente de mí mismo, de mi existencia personal" (James, 1893, p. 176). Sin embargo, su visión es quizá demasiado optimista.

En muchas ocasiones, no somos conscientes del flujo de pensamientos, emociones, impresiones y sensaciones que nuestra mente produce o que llegan a ella; simplemente, nos dejamos llevar arrastrados por la corriente de este río. Nos fusionamos con aquello que experimentamos... si siento tristeza, esta emoción colorea de oscuro todo lo que hago y pienso; si siento ansiedad, el mundo se vuelve un lugar amenazante frente al que trato de tomar precauciones; si estoy en plena rutina, todo se vuelve aburrido.

Algo similar ocurre con los pensamientos que tenemos acerca de nosotros mismos. Nos identificamos con el relato que construimos sobre quiénes y cómo somos, a veces sin ver más allá, reduciéndonos a la historia que contamos sobre nosotros mismos. Mientras tanto, el "yo" del "aquí y ahora" nos pasa desapercibido, y con él la posibilidad de experimentar el mundo -y vernos a nosotros mismos- desde una perspectiva diferente, más abierta. En una versión actualizada de la idea de James, el premio Nobel Daniel Kahneman ha diferenciado entre el "yo que experimenta" y el "yo que recuerda". Estos se rigen por dinámicas diferentes, e incluso, "sienten" de forma distinta, lo que tiene implicaciones para nuestra idea de "felicidad". Como sugiere Kahneman, no es lo mismo estar contento y feliz en la vida que valorar tu vida como feliz.

Recientemente, el uso de técnicas de meditación de consciencia plena (mindfulness) ha tratado de reconducir la situación, aportando a la caja de herramientas de la psicología instrumentos con los que fomentar una vida más plena y consciente. En lo fundamental, estas técnicas se basan en el entrenamiento de la atención, ya sea focalizándola en los estímulos externos que nos rodean o en el flujo de nuestros pensamientos y emociones, permaneciendo siempre en el momento presente.

La investigación sobre mindfulness ha crecido exponencialmente, con numerosos estudios que apuntan a su eficacia en el tratamiento de síntomas relacionados con la depresión, la ansiedad o el retardo del deterioro cognitivo, entre otras aplicaciones. Basta una rápida búsqueda en algunas bases de datos, como Google Scholar, PsycInfo o PubMed, para hacerse una idea del volumen de bibliografía que la meditación mindfulness ha generado en la última década. Pero su relevancia no es sólo cuantitativa. En términos cualitativos, dentro del campo de las psicoterapias se conoce ya a los enfoques basados en mindfulness como "terapias de tercera generación", y se trata sin duda de una perspectiva actualmente en auge. Su uso se ha extendido incluso más allá de la psicología clínica, al ámbito de la psicología de la salud, la psicología del trabajo, o también, al de la psicología educativa.

Según los investigadores, los tres componentes centrales en la práctica del mindfulness son la intención, la atención y la actitud. A primera vista, lo más saliente en esta forma de meditación es que se basa en la observación de la experiencia interna y externa, en el aquí y ahora, momento a momento, prestando atención al flujo de estímulos que atraviesan nuestra mente. Pero igualmente importante es por qué –la intención- y el cómo –la actitud- con que se lleva a cabo esta práctica. La motivación para practicar mindfulness parece cambiar con la experiencia, yendo desde la autorregulación de los propios pensamientos y emociones inicialmente, pasando por la autoexploración personal, hasta la autoliberación y el desarrollo de la compasión, finalmente. En cuanto a la actitud con que se lleva a cabo, la meditación requiere la contemplación de pensamientos y emociones sin interpretarlos, juzgarlos o evaluarlos en modo alguno. Implica una mirada compasiva, curiosa y abierta hacia todo aquello que atraviesa nuestro campo de conciencia, sin interferir en ello, simplemente aceptándolo.

Como resultado, de alguna forma el bosque al que se asemeja nuestra vida subjetiva se hace visible, en su riqueza, complejidad y dinamismo. Los tres componentes del mindfulness favorecerían un cambio de perspectiva. La mente, al dejar de ser arrastrada por el flujo de pensamientos, emociones e impresiones, tomaría conciencia de sí misma gracias a un progresivo distanciamiento frente a dichos contenidos de la conciencia. Como dicen Shapiro et al., "lo primero que se reconoce en la meditación es que los fenómenos que se contemplan son distintos de la mente que los contempla". En definitiva, se logra experimentar que uno es más que sus estados de tristeza, ansiedad o dolor, o que sus pensamientos negativos, al des-identificarse y des-apegarse de ellos.


23 de abril de 2015

Neuroeducación en las aulas


La neuroeducación basa sus principios en dos grandes áreas: la neurociencia y las ciencias de la educación, analizando y estudiando los fenómenos educativos desde varios puntos de vista.

La ciencia ha demostrado y muchos profesores y educadores ya comenzaron a intuir hace tiempo que no aprendemos a base de memorizar conceptos, repitiendo y repitiendo, sino de hacer, de experimentar y, sobre todo, de emocionarnos. Y que si aprendemos en grupo, esos conocimientos perduran con mayor intensidad en la memoria.

Hasta hace apenas 30 años, se desconocía en gran medida cómo funcionaba el cerebro. No obstante, los desarrollos y avances tecnológicos en áreas como la medicina y, sobre todo, las neurociencias nos han permitido escudriñar las neuronas, sus relaciones, y entender un poco más la actividad cerebral.

En los últimos años hemos comenzado a escuchar nuevos términos, como neuromarketing, neuroeconomía, neuroarquitectura y también, neuroeducación, un movimiento internacional, aún incipiente, de científicos y educadores que pretenden aplicar los descubrimientos sobre el cerebro en la escuela y la universidad para ayudar a aprender y a enseñar mejor.

Conocer los códigos de funcionamiento del cerebro ha permitido demostrar, por ejemplo, la importancia de la curiosidad y la emoción para poder adquirir nuevos conocimientos; que el deporte es esencial para fijar el aprendizaje y también que el cerebro no es un continuum, sino que hay ventanas de conocimiento que se abren y se cierran en función de las etapas de la vida.

Y si hasta ahora educadores y científicos habían estado aislados, unos en las aulas y los otros en sus laboratorios, ahora comienzan a ir de la mano. Universidades como la John Hopkins, en Estados Unidos, ya han puesto en marcha proyectos de investigación en neuroeducación, como también Harvard, que dispone de un programa llamado Mente, Cerebro y Educación que pretende explorar la intersección de la neurociencia biológica y la enseñanza.

Los docentes que quieran aproximarse a esta disciplina tienen a su disposición lecturas de interés como la obra "Neuroeducación. Solo se puede aprender aquello que se ama", de Francisco Mora. Para mejorar los procesos de enseñanza y de aprendizaje, la curiosidad, la emoción, la empatía o los mecanismos de atención son elementos claves y este libro profundiza en la neuroeducación y si ha surgido una nueva profesión, la de los neuroeducadores.

“Necesitamos maestros que preparen a los niños para afrontar esos nuevos retos. Ellos son capaces de transformar el cerebro, tanto física como químicamente, de los alumnos, de la misma manera que un escultor con su cincel es capaz a partir de un mármol amorfo crear una figura tan bella como el David”, afirma el neurocientífico Francisco Mora.

Fuente: cristinasaez.wordpress.com

21 de abril de 2015

Tú eres el mundo que hay que cambiar


Si cada uno de nosotros se hiciera cargo de sí mismo, creando una vida con sentido, una vida con la cual sentirse en paz, sería inevitable que colectivamente “el mundo” empezara a cambiar.

Hay personas que lo han logrado, algunas de ellas se convirtieron (o los convirtieron) en grandes maestros, otros viven en el anonimato y nos topamos con ellos todos los días, pero lo que todos tienen en común, es que son referentes.

Podemos lograr cierto estado de paz, cierta libertad dentro de un sistema que nos coarta y comprime cada día más.

Sería fácil llegar hasta ahí, quedarme tranquilo porque hice mi parte, me ocupé de mi mismo, y así, desentenderme del mundo. Sin embargo, con esa libertad y esa paz personales, llega algo que muchas veces no sabríamos que llegaría, y eso es un sentimiento de responsabilidad por el estado de los demás, y del mundo a fin de cuentas. Es la letra chica del contrato del camino a la felicidad: la felicidad es colectiva, no individual, transciende mi pequeña personalidad.

Ese aparente estado de equilibrio que uno puede disfrutar después de haber realizado cierto “trabajo personal” es muy breve, si se lo intenta mantener se cae incluso en el egoísmo. Es inevitable la aparición de “el otro”.

Esto ciertamente encarna un “problema”: ¿Cómo abordo al otro? No puedo ir y empezar a desarmar la construcción de la realidad que los demás se han armado, porque les está sirviendo para vivir. A ninguno de nosotros nos gustaría que viniera alguien y empezara a criticar cada una de las cosas que hacemos porque supuestamente no nos llevan a un estado de equilibrio, salud o paz. Sin embargo este mismo punto encarna una gran contradicción, ya que quizás un fuerte remezón sea justamente lo que necesitamos.

Las construcciones de la realidad que hemos creado (por lo menos las observadas en el mundo occidental industrializado) necesitan una revisión y una reedición, básicamente porque nos están arrastrando a un estado enfermizo, donde la publicidad nos hace creer que tenemos necesidades que en realidad no tenemos, donde lo que comemos nos está enfermando, donde nuestra concepción de éxito nos hace dedicar nuestra vida a una rutina esclavizante para alcanzar y sostener un nivel de vida que me dijeron era “deseable”.

La transgresión, que rompa con esa concepción del mundo, debe ser inteligente, silenciosa, profunda y personal. Empieza contigo, conmigo, en lo cotidiano, observando que en realidad no necesito tantas cosas, que no tengo tantas necesidades como me hace creer la industria publicitaria, que merezco comer mejor, que tengo que ampliar mi batería de creencias, que me haría bien cuestionar lo que creo que sé, lo que me han dicho.

Se puede vivir libre, gastando poco y siendo útil para los demás. El punto es que ese nivel de vida echa abajo muchos negocios. Se puede vivir en paz, se pueden compartir las comprensiones que voy teniendo y que me van acercando a esa forma de vivir.

La transgresión es una autotransgresión, es violenta, porque desarma mi mundo y me obliga a reconstruirlo, pero no es bulliciosa, no es escandalosa. Es profunda porque me aporta una nueva mirada, pero no pierde tiempo mostrándose. Tiene que haber una re.educación que también es una autoeducación. Nos hace bien conservar la “mirada del principiante”, que se sorprende porque amanece y eso le basta para sentirse agradecido. Una mente principiante es una mente fresca, por ende dispuesta a aprender y libre para observar.

Esa es la transgresión subterránea, uno a uno, donde nos co.inspiramos entre todos para seguir desaprendiendo y avanzando. Es más un proceso de aprendizaje que una pelea contra el mundo. Es un proceso de “darse cuenta” de que somos más amplios de lo que nos dijeron que éramos, que nos toca a nosotros inspirarnos mutuamente, no erigiéndonos a nosotros mismos como portadores de la nueva verdad y el camino hacia la salud y la paz, sino simplemente compartiendo lo que nos ha ido dando resultados, para que le sirva también al otro. Es mostrar que la opción existe, los demás decidirán por cuenta propia que hacer, igual que nosotros.

Uno a uno. Tú Eres el mundo que hay que cambiar.

Fuente:  http://www.animalespiritual.com/la-transgresion-silenciosa/

20 de abril de 2015

El poder de las palabras


Nunca subestimes el poder de las palabras. Ellas son mucho más que sonidos. Las palabras que usamos y escuchamos moldean la mente para convertirse luego en pensamientos y acciones. Préstales atención, porque el significado y la intención que exista detrás de ellas marcarán tu experiencia de vida. Sumérgete en palabras cargadas de rencor y en poco tiempo estarás con el resentimiento hasta el cuello. Elige palabras amorosas y verás que todo fluye de manera más armónica.

¿Exagerado? Un reciente estudio en la Universidad de Stanford encontró que las personas expuestas a palabras usadas con frecuencia en el budismo como “despertar”, “compasión” y “dharma” se mostraban más empáticas y conectadas con la gente. La razón tiene que ver con la forma como nuestra mente se deja influenciar a nivel subconsciente por las imágenes, palabras o ideas que percibe. Esto es lo que en psicología se llama priming, o preparación, un proceso mental que aprovechan entre otros los publicistas, predicadores y políticos. El priming sería algo parecido a inducir o sugestionar un comportamiento, ya que la mente al ser expuesta a símbolos y estímulos específicos reacciona de manera predecible. Sólo piensa en todo lo que se dice en una campaña publicitaria, un templo religioso o un acto político. Allí realmente cada palabra cuenta.

El estudio de Stanford también encontró que las personas expuestas a ideas budistas solían ser más prosociales, esto quiere decir, mostraban pensamientos y sentimientos de responsabilidad por otros y se sentían más conectados con los demás, eran más tolerantes, empáticos y reconocían su interdependecia con el resto de la gente. Lo interesante es que esta actitud prosocial es más evidente en personas que habían obtenido altas calificaciones en pruebas de amplitud mental. Sin duda, la mente es como un paracaídas: funciona mejor cuando está abierta.

El budismo es una práctica que investiga el funcionamiento de la mente para crear una vida de paz y felicidad. Para ello otorga gran importancia a los pensamientos, las acciones y las palabras que utilizamos porque con ellos creamos nuestro mundo. También incluye la influencia de las palabras que nos rodean, a fin de cuentas, son parte del ecosistema en el que vivimos.

La esencia del budismo se encuentra en el Noble Camino, compuesto de ocho elementos. Uno de ellos es hablar correctamente, esto significa, abstenerse de mentir, de usar palabras abusivas, de crear divisiones con nuestras frases y de hablar sin un sentido claro. Conociendo el poder de las palabras, la enseñanza budista invita a prestarles atención a las palabras que usamos y el efecto que causan en nosotros y los demás. Todo comienza por escucharnos con atención. Es un ejercicio interesante, porque si lo hacemos con honestidad podemos descubrir que nuestras frases encierran ideas y creencias que posiblemente no sean las que decimos tener.

De igual modo, prestarles atención a las palabras y las ideas que nos rodean abre las puertas a una conciencia más clara. ¿Qué dicen, qué encierran, qué efecto causan en nosotros y en nuestro entorno ? No son lo mismo palabras como batalla, encuentro, guerra y compasión. Cada una tiene su impacto en la mente y mientras más nos dejemos envolver por ellas mayor será su efecto.

Préstales atención a las palabras que entran y salen. Pueden ser un veneno o una dosis de luz. Pueden ser verdad o mentira. Y el trabajo de cada quien es reconocerlas tal y como son para luego elegir, a cada momento, con cuales queremos crear nuestra experiencia de vida.

Por Eli Bravo

16 de abril de 2015

Otros tiempos para aprender


Suena el timbre, una clase termina, todas las puertas se abren. Algunos minutos más tarde, el timbre vuelve a sonar, comienza otra clase y todas las puertas se cierran. Esta es la imagen estereotipada del funcionamiento escolar, tan mecánica como la del reloj: los alumnos cambian de asignatura y los profesores cambian de aula; todas las horas, de idéntica manera, a lo largo de todo el curso. El sentido que la escuela da al tiempo es el newtoniano: un ente «absoluto, verdadero y matemático»

De los tiempos escolares a los tiempos de aprendizaje.

No me cabe duda que el tiempo escolar es otro de los elementos estructurales de la enseñanza clave para el cambio educativo, pues constituye una variable intrínseca de la enseñanza y del aprendizaje. Otras formas de organización y gestión del tiempo se harán imprescindibles para conseguir dos valores  esenciales para la educación actual: la democratización y la personalización.

La temporalización, en apariencia inocente elemento  curricular, expresa a través de su organización y gestión algunas de las características más relevantes de la educación tradicional en su dimensión práctica. La reflexión sobre los tiempos escolares (incluyendo en este término otros como: tiempo de enseñanza, tiempo de escuela, tiempo relativo a la escuela)  y su gestión, supone uno de  los cambios ineludibles en la educación actual y futura.

La transformación educativa llegará también si comenzamos a innovar la administración y gestión de los tempos escolares. 

¿Es posible que sea necesario transformar también  la estructura temporal de la escuela para aprender?

El tiempo tecnocrático e industrial de horarios medidos, minutados de acuerdo a las necesidades de un currículo estentóreo y abultado debe pasar a mejor vida. ¿Por qué? Todavía persiste la idea cultural propia de la sociedad industrial que vaticina que horarios relajados y poco controlados van en detrimento de la productividad y que las relaciones sociales impiden la mejora de la producción. Por ello  los humanos necesitamos imprescindiblemente el control del tiempo tanto individual como colectivo.

Es evidente que no hay razón alguna, más allá del control administrativo, para obligarnos a que todos aprendamos en masa, al mismo tiempo, en tiempos decididos y acotados  por otros. Es más, no hay razón para obligar a que aprendamos en el menor tiempo posible como si el conocimiento y la sabiduría se escaparan hacia un viaje inalcanzable o  llevaran marcada una fecha de caducidad o autodestrucción.

Hay un componente de duda, de miedo a arriesgar. Seguramente esta clásica fórmula, tantos años establecida, es la única que sabemos hacer, la única que produce certeza para  mantener una escuela dentro de  los distintivos actuales: estandarizada, homogeneizante, competitiva, repetitiva y sancionadora de la capacidad de cada uno. Es el momento de transformar.