Para pensar sin pensar





“En la serenidad emerge lo maravilloso,

en la luz se olvida todo afán.”

Mò zhào míng

Canto a la Luz Serena




18 de mayo de 2013

Fenómenos vacíos


Si alguien te pregunta: ¿eres budista? ¿Qué dirías?

Por lo general, solemos responder con un sí o con un no. Éste es el lenguaje convencional mediante el que nos comunicamos. El término hace referencia a un ser humano que practica, hombre o mujer que desarrolla diligentemente el viejo arte del darse cuenta. Gracias al poder del desarrollo de la atención plena, todo meditador es capaz de profundizar, indagar y comprender cuáles son las raíces del sufrimiento y cómo se manifiesta en distintos tipos de dolencias; en última instancia se llega a descubrir que la verdadera naturaleza de los fenómenos está más allá de las interpretaciones ilusorias. Por ello, el concepto budista queda lejos de poder ser encerrado en una categoría más que pertenece al mundo de la subjetividad.

Budista es un ser humano que practica, alguien que percibe cómo el universo entero se respira a sí mismo a través de una postura estable y un corazón sereno, concretamente en este cuerpo intangible y presente al mismo tiempo. Esta experiencia fue constatada por Siddhartha Gautama, una persona como nosotros que alcanzó un estado de dicha y felicidad (sukkha) exento de malestares. A partir de ese momento lo reconocieron como Buddha y con él nació esta tradición espiritual ya milenaria que continúa transmitiéndose de ser a ser, de corazón a corazón.

Desde entonces numerosos han sido los sutras, textos y distintas las enseñanzas que se han referido a esta verdad. Entre ellas destaca el canto de victoria de la Gran Sabiduría que cada mañana entonamos y recitamos juntos en las salas de meditación. Este sutra contiene en su esencia que los fenómenos son vacuidad, ya sea este cuerpo físico, así como las sensaciones, percepciones, voliciones y memorias son sunyata. Todo es de naturaleza vacua y sin embargo aquí y ahora así se manifiesta.

Sabiendo esto, el practicante genera las circunstancias adecuadas para favorecer la emergencia de la observación lúcida, fundiéndose el sujeto y el objeto en un mismo acontecer. Ésta es la verdad sin error, el poder revelador de la Prajña Paramita. He aquí el Dharma del Budha, el orden cósmico manifestándose tal cual es a través de los fenómenos que vienen, están e irán al mismo lugar de donde proceden, la Mente Única.
¿Cómo identificarnos con Todo esto? La práctica no tiene propietario.

Denkô Mesa

Enseñanza oral impartida en el dojo zen de Tenerife
18 de mayo de 2013

16 de mayo de 2013

El cerebro diseña y el corazón realiza


Todas las personas que han meditado con alguna regularidad tienen la comprobación experiencial del poder de la armonía en sus afectos. Es frecuente que para explicar parte de sus buenos resultados o de su alegría de vivir, esas personas digan “lo hice de corazón”. En alguna esquina todos sabemos que cuando alineamos nuestras convicciones cognitivas con la certeza emocional de nuestro deseo, los hechos tienen alta posibilidad de ocurrencia.

Estas certezas subjetivamente sentidas se han confirmado en parte con los hallazgos del Institute of HeartMath que desde la década del ’90 se ha dedicado a estudiar la conexión mente-corazón en busca de evidencias científicas. Entre sus descubrimientos, comprobaron que la fuerza eléctrica de las señales del corazón (ECG) es 60 veces más fuerte que la señal eléctrica del cerebro (EEG) y que el campo magnético del corazón es 5.000 veces mayor que el del cerebro.

Es decir, el poder de acción y realización del corazón es cientos de veces más poderoso que el del cerebro. Lo interesante no es la comparación de si el cerebro o el corazón tienen más poder, sino la constatación de la necesidad de que trabajen conectados y alineados para lograr resultados.

El cerebro es el que diseña. Los pensamientos son los que conducen nuestro actuar, trazan nuestros caminos, visualizan las posibilidades y condicionan nuestros límites. Es interesante darse cuenta que el alcance de nuestros pensamientos depende directamente de nuestras convicciones y creencias, algo así como el cerco de nuestro propio campo. Si nuestras creencias son estrechas y nuestras convicciones muy limitadas, nuestro campo será pequeño y nuestra capacidad de acción e influencia estarán reducidas.

Si nuestras creencias derivan del análisis de la experiencia concreta más que de las creencias no necesariamente comprobadas que tomamos de la enseñanza de nuestro padres o de la educación, la posibilidad de ampliar las creencias de niño son muy altas, corriéndose el cerco de nuestro campo, ampliando el terreno a explorar y mejorando sustancialmente las posibilidades de arribar a una consciencia ampliada de la realidad.

Independientemente de si mis creencias y convicciones son amplias o estrechas, el impacto es el mismo: determinan mis pensamientos y, por ende, mis espacios de posibilidad y de acción. Como dice el escritor alemán Pierre Franckh, siempre hemos de buscar el origen de nuestra realidad en la fuerza causal de nuestros pensamientos. Ese territorio de realidad que recortan mis creencias es mi espacio de influencia.

¿Cómo hago para que lo que visualizo en mi pensamiento y diseño en mi mente se transforme en manifestación concreta? Mediante el corazón. Es la persistencia de los afectos sobre un deseo específico lo que hace que se concrete en acción observable. Ese deseo particular es resultado de un proceso cognitivo, de un pensamiento que lo creó y lo moldeó.

El mecanismo es estéticamente simple. El cerebro (mente y pensamiento) es el que diseña el molde de lo que se va a crear. Igual que un artista que quiere hacer una figura de yeso, un pastelero que quiere crear una torta o un tornero que quiere diseñar una pieza nueva, lo primero es crear el molde. Aquí es donde interviene toda la potencia de nuestro pensamiento. Es necesario que imaginemos y visualicemos el molde hasta en sus más mínimos detalles, y que lo construyamos completamente en nuestra mente.

Una vez terminado el molde de lo que queremos crear, tenemos que vaciar la materia prima de la que estará hecha nuestra creación, ya sea masa de pastelería, fierro fundido, yeso o lo que sea. La pregunta es cuál es la materia prima de lo humano, aquella que debemos vaciar en el molde mental de lo que queremos crear. Esa materia prima es nuestro sentimiento. Derramando el sentimiento sobre el molde cognitivo se hace realidad nuestra creación. Y ese sentimiento es lo que hemos llamado el corazón.

Son los sentimientos los que hacen realidad nuestros pensamientos, los traducen en acción concreta con otros. Recuerda que su poder de irradiación es 5.000 veces mayor que el de nuestro cerebro, por lo que para concretar lo que queremos hacer el mecanismo de activación son los sentimientos de nuestro corazón, en estrecha conexión con el poder diseñador de nuestro pensamiento.

Pensamiento sin corazón genera especulación y no produce creaciones constructivas ni perdurables. Corazón sin pensamiento produce desorden y formas no moldeadas. Para ser feliz, efectivo e influyente con otros el matrimonio mente-corazón es imprescindible. Separados funcionan de modo errático e inefectivo.

Como estamos culturalmente mejor entrenados en la razón que en los sentimientos, nuestras dos grandes tareas evolutivas son aceptar el enorme poder de manifestación que está en el corazón y trabajar activamente para que cada decisión de nuestra vida nazca de la conexión mente-corazón. El cerebro diseña y el corazón realiza.

Como dice Drúnvalo, en el espacio sagrado del corazón, el amor es la luz.

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Por Ignacio Fernández
Director Magíster en Psicología de las Organizaciones Universidad Adolfo Ibáñez



12 de mayo de 2013

La enfermedad como camino


A menudo tratamos la ENFERMEDAD como a una entidad independiente del propio enfermo, como algo a erradicar, algo que simplemente tiene que ser expulsado. Puede esta conducta ser debida a una profunda incomprensión sobre la naturaleza del sufrimiento y suele conducir hacia estrategias de NEGACIÓN que limitan la posibilidad de recuperación y sanación reales. La enfermedad aparece como un DESAFÍO que señala el hecho de que algo valioso ya se perdió por el camino o que ha llegado el momento de incorporar nuevos aprendizajes.

El concepto de enfermedad en Resonancia Bioenergética es definido como el estado psicocorporal y energético en el que se expresan las limitaciones, alteraciones y distorsiones en las posibilidades, funcionamientos, desarrollos y estructuras propias del individuo en comparación con las que, como especie, se han conquistado en el transcurso de la evolución. La enfermedad es un alejamiento de la simetría potencial inmanente que afecta a parte o a toda la matriz individual.

La ENFERMEDAD es el efecto de una PÉRDIDA o CARENCIA (de energía, de simetría, de equilibrio, de estructura, de función) que termina haciéndose visible a través de los SÍNTOMAS. Es generadora de NECESIDADES que requieren ser compensadas y de PROBLEMAS que necesitan ser resueltos (COMPENSAR: igualar en sentido opuesto o neutralizar el efecto de una cosa con el de otra). Entonces, se hace necesario invertir una determinada cantidad y calidad de energía-trabajo (TRABAJO: energía necesaria para moverse o cambiar de un estado a otro), en la intensidad justa, utilizando las ESTRATEGIAS adecuadas, durante el tiempo y ciclos que sean necesarios hasta que el equilibrio-salud haya sido restaurado. 

Esta inversión de medios y esfuerzo, lógicamente, debe ser proporcional a las pérdidas y carencias que subyacen y nutren a la enfermedad. En ocasiones se recupera lo que se perdió, pero otras veces, como mucho, se recupera el equilibrio. Se hace necesario compensar a través de aquellos aprendizajes que encajen mejor en el lugar preciso de la pérdida o carencia. La sanación bajo estas premisas debe buscar la recuperación de las partes físicas implicadas, dentro de lo que sea posible, pero sobre todo, tiene que obtenerse una mejoría en la simetría y funcionamientos psicoemocionales y sutiles, con respecto los que se tenían previamente a la pérdida-enfermedad. Esto implica que, al final, cuando la sanación llega, se tiene más de lo que se tenía, se ha aprendido. De ahí la idea de que, un estado de enfermedad puede llegar a transformarse en un camino de APRENDIZAJE, desarrollo y evolución.

Si se mantiene un flujo de estímulos y nutriciones, procesos y respuestas adecuados (generadores de simetría), entonces la tendencia es hacia la salud. Cuando los estímulos, procesos y respuestas son inadecuados (generadores de entropía), la estructura puede perder su equilibrio dinámico moviéndose hacia un estado de enfermedad como consecuencia de la desadaptación o, viéndolo de otra forma, como un mecanismo de respuesta adaptativa ineficiente a las pérdidas o carencias.



5 de mayo de 2013

Psicología del despertar (Seminario)






La pedagogía de la muerte en una educación futura


Es imposible sustraerse a la muerte. Pese a su presencia, la sociedad vive la muerte como tabú no resuelto. Tenemos miedo. Lo que hemos aprendido no nos está sirviendo para avanzar en este tema. No la pensamos con naturalidad. Experimentamos dificultades para incluirla en la educación de nuestros niños. No obstante, algunos pedagogos pensamos que su valor formativo la debería convertir en un imperativo educativo.

La muerte es un proceso continuo. Es un hecho biológico que al vivir morimos un poco cada día. Mientras, nuestra conciencia se puede hacer más y más compleja. A través de la paulatina conciencia de la muerte se aprende a reconocer la vida. Que ese reconocimiento pueda ser educativo depende de la propia formación y de la capacidad de anhelo y curiosidad de cada quién. Muerte y vida forman un ciclo evolutivo, de modo que no definen claramente un antes y un después.

Junto a ella hay un par de aprendizajes que tampoco se enseñan: la duda y el autoconocimiento. No se enseñan porque en su lugar se comunican certezas, quietudes y doctrinas cuyos programas mentales colectivos 'nos piensan'. Por ello se deja de dudar y se deja de aprender. Y por ello el autoconocimiento se muta en ilusión, en convicción o en imaginación mal entendida. Un efecto de ello es que las personas tapen sus huecos de inquietud con predeterminaciones y mueran sin tener ni idea de su identidad profunda, de la naturaleza de su ser esencial.

Nada hay más alejado de la Pedagogía que el adoctrinamiento. Sobre lo que nos ocupa, las doctrinas no son soluciones para enseñarle a un niño a comprender ni a afrontar la muerte ajena o propia. Las doctrinas y sus instituciones son más productos del ego que de la conciencia humana. Pueden ser adecuadas durante un tiempo, para determinadas personas o en fases determinadas del desarrollo personal. A la larga, condicionan el desarrollo de la propia espiritualidad. Generan dependencia, se nutren de ella, y la dependencia es opuesta a la evolución de la conciencia humana, personal y colectiva. Si las religiones fuesen coherentes, deberían existir para dejar de ser necesarias a la persona. Sin embargo, generan vacíos que sólo ellas aseguran poder volver a llenar. Su orientación es al quietismo y la rentabilidad de su sistema, y por ello no pueden integrar la noción de muerte como trascendencia basada en un fenómeno natural independiente de su doctrina.

Desde una perspectiva institucional, el primer impulso hacia el niño de la sociedad adulta es adoctrinar. Desde un referente personal, lo primero que pensamos es en explicar al niño lo que pensamos o no pensamos de la muerte, aunque no sepamos nada. Así, padres y profesores responden a ninguna pregunta. Un adulto dotado de una razón educada (con conciencia y sensibilidad pedagógica) no se plantearía 'explicar' a los niños lo que desconoce de la muerte. Seguramente, preferiría escuchar, observar y aprender de ellos. Porque sobre la muerte hay mucho que aprender del discurso de los niños, sobre todo de tres años y medio a seis, antes de la inserción cultural o doctrinaria.

Y es que los niños saben de la muerte. Empiezan a conceptuarla desde los dos años y medio o tres, ante las hojas de otoño, los animales que no están (extinguidos), una hormiguita muerta, las escenas de cuentos y películas, etc. Para el niño de 3 a 6 años, la muerte es un tema más en construcción presente en su vida, sus rutinas y sus hitos: está en su juego simbólico, las retahílas, las canciones, las películas, los cuentos, etc. Por eso, habla, juega, canta, pregunta, dialoga, dibuja, imagina, incorpora y mata a la muerte cuando quiere, porque aún es no irreversible. En su mundo infantil, la toma de conciencia de la muerte-vida es un proceso natural y gradual. Es una faceta de la vida con la que se orienta a su futuro.

Sin embargo, pareciera como si el sistema educativo no se apercibiese de ello. En consecuencia no retoma ese impulso cognoscitivo, no pretende seguirle desde atrás y facilitar el descubrimiento paulatino de la vida desde su razón. ¿Por qué? Es el adulto quien tiene el problema, no el niño. Muy pronto, le aparta de ella, le enseña a conceptuarla de un modo peculiar, la coloca bajo una lupa, la desnaturaliza. Lo mismo hace con otros tabúes, que dependiendo de la cultura (social, familiar, etc.) podrían ser sexuales, religiosos, nacionalistas, clasistas, sexistas, racistas, etc.-.

Además, el egocentrismo de la sociedad adulto condicionará la percepción del niño. Por ejemplo, para el niño, como para el adulto, existen grados de muerte: no es igual que muera un personaje de TV, una planta, una mascota, un vecino o un abuelito. Pero más allá del fenómeno natural, el adulto enseñará al niño a sentir desde su 'egocentrismo', de modo que no será igual la muerte de un afgano que de un estadounidense o de un local. Tenemos la sensibilidad deformada y la sensibilidad es la antesala del conocimiento que a la postre somos. La muerte lo indica, pero a la vez puede ser un medio para trabajar el valor de la diversidad real y empática a la que apuntó el mismo Che Guevara.

Poco a poco se le enseñará a no comprenderla y a temerla, mientras se va desconectando de sí mismo y deposita su centro de gravedad existencial en la periferia. La posibilidad de crecimiento con la muerte se puede ir cerrando más y más, impidiéndolo durante años, décadas o toda la vida. Incluso en la adolescencia, cuando la muerte propia se coloca en el punto más alejado de la órbita de su conciencia -porque tiene dificultades para pensar a medio o largo plazo-, es un tema que interesa profunda, radicalmente. Por todo ello es básico que el tabú sea sustituido por conocimiento desde la primera infancia.



¿Cuáles son las principales dificultades con las que nos encontramos para el desarrollo y la aceptación de una Pedagogía de la Muerte? Son varias y están interrelacionadas:

− Una razón científica de fondo es que se confunde Pedagogía (ciencia que investiga la educación) con otras disciplinas cercanas cuyo objeto de estudio es otro: Filosofía, Psicología, etc. En España, para su desgracia, la Pedagogía no goza del mismo reconocimiento que en países en los que la educación goza de un mayor desarrollo.

− Otra razón social es que no se ha reflexionado ni investigado suficientemente sobre Pedagogía de la Muerte, salvo excepciones. Ni siquiera ha sido objeto de normalización por los movimientos de renovación pedagógica de los años 80.

− Como consecuencia, no es un ámbito integrado expresamente en el currículo de ninguna etapa educativa.

− Salvo excepciones, no forma parte de los proyectos educativos de los centros educativos de Educación Infantil, Primaria o Secundaria.

− Tampoco se prepara a los tutores para desarrollar una educación para la muerte normalizada, o para responder a situaciones de eventualidad trágica desde la tutoría como ámbito propio. Cuando una muerte golpea –muere un conserje, un abuelito, un papá, una maestra o un niño- los profesionales simplemente no saben qué hacer, actúan sin fundamento, por intuición.

− Finalmente, quizá la mayor dificultad radique en nosotros: sucumbimos a la tentación de 'adoctrinar' a los niños desde muy temprano, con la excusa de ofrecerles lo que creemos lo mejor para ellos. Y esto ocurre casi siempre por tres razones interdependientes: egocentrismo adulto que no reconocemos, una importante falta de formación pedagógica aplicada al tema que nos ocupa o indiferencia.

La mejor forma de proceder con un niño ante una pérdida es conforme a la Naturaleza. O sea, sin violentar, sin acelerar, sin precipitar, sin suplantarle, sin evitar que dude y aprenda, sin darle todo hecho, sin mentir, sin amplificar su dolor, etc. Si sólo cometer errores, nuestra actuación podría ser formativa. Dicho en positivo: respetándole en profundidad, escuchándole, estando disponible, formándose para atenderle con más conciencia y total atención. Así además se le enseña a pensar mientras se le educa, con consignas como: "Estoy para lo que me necesites", o "Unos piensan X. Otros están convencidos de Y. Pero lo que importa es lo que pienses tú, lo que tú vayas generando".

Para proceder pedagógicamente es importante darse cuenta de que en educación el camino más corto no es la línea recta, sino la curvatura. Para el caso que nos ocupa, ese meandro pasa por nosotros mismos, en tanto que educadores (padres, docentes, medios de comunicación). Para orientar nuestra educación hacia otra forma más profunda y fértil de proceder es imprescindible dejar de pensar en el niño en primer plano y percibirnos como educandos. Porque nada relevante para la evolución de la conciencia puede enseñarse si antes no se ha trabajado e interiorizado en nosotros mismos. Dicho de otro modo: para cuestiones esenciales como una Pedagogía de la Muerte no podemos hacer by pass con nosotros. Porque si no nos formamos en profundidad no podremos lograr que la enseñanza fluya desde nuestro ejemplo, o sea desde el ser que somos, y no sólo desde el saber o el sentir que tenemos.

Mientras tanto, la escuela debería ocuparse de lo que más importa al ser humano, y no sólo de lo que parece práctico o va a ser evaluado en informes tipo Pisa. Ni siquiera se debería educar para la vida, sino para transformarla radical y profundamente, porque estamos dejando de lado las raíces, creyendo que como no se ven no existen. Para ello es imprescindible incluir la muerte –y otros varios temas 'radicales'- y relacionarla con la formación. Quizá así se esté contribuyendo a dar a luz una verdadera sociedad del conocimiento o de la educación, menos superficial e inmadura que la actual. Para ello el apoyo de una Pedagogía redefinida podría ser útil.

Agustin de la Herrán

Fuente: http://www.espaciohumano.com/index.php/contenidos/ser/espiritual/194-la-pedagogia-de-la-muerte-en-una-educacion-futura